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El indecible gozo de la oración

n su Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte Juan Pablo II presenta la oración como una de las "prioridades" o "urgencias" pastorales. Y habla del "indecible gozo vivido por los místicos" citando como "testimonios espléndidos" a S. Juan de la Cruz y S. Teresa de Jesús (n.33). La obra de estos dos grandes doctores de la Iglesia Universal es en verdad un tratado de oración; más propiamente, un testimonio de orantes. En ellos la oración se identifica con la vida: oran viviendo. Dios les resulta más natural que el aire que respiran, fuente de inspiración de su comportamiento cotidiano. La oración no se diluye en sus gestos; los empapa, más bien, hasta su más profunda intimidad.

S. Teresa afirma que orar es "tratar de amistad con quien sabemos nos ama". La oración no es propiamente un medio para llegar a Dios; es la relación misma con El. La oración es encuentro, diálogo, coloquio, amistad, amor correspondido. Puede ser sin palabras. De parte de Dios, el amor es incondicional, permanente. Al ser humano le cabe la tarea de corresponder en forma complaciente, vigilante, sutil. Cuando S Juan de la Cruz canta: "Que ya sólo en amar es mi ejercicio", está indicando el fundamento de la oración. Toda forma de relación con el Ser Divino, que no puede ser sino de amor, es oración. Es orante todo el que se siente amado de Dios y se deja amar de El viviendo con amor. Los místicos dicen que no hay a qué comparar "el grandísimo deleite" de quien se deja amar de Dios. La oración impregna al orante, al místico de equilibrio y serenidad.

La Tercera parte de la Carta lleva este título: "Caminar con Cristo", con estos apartados: Santidad, Oración, Eucaristía, Sacramento de la reconciliación, Primacía de la gracia, Escucha y Anuncio de la palabra. Cada uno se refiere a lo mismo: a la oración, relación amorosa con Dios. El ser humano tiene vida interior, es orante, santo, agradecido, agraciado, místico en la medida en que le abre espacio a Dios para que suceda en él. La espiritualidad es asunto de tacto, tarea del bautizado, del hombre de la calle que somos todos.

En sus expresiones múltiples de petición, acción de gracias, alabanza, adoración y contemplación "hasta el arrebato del corazón", el orante hace de la vida "escuela de oración" y pone a la magnanimidad divina, de suyo infinita, los límites de su comportamiento. Oración es encuentro de atrevimiento humano y osadía divina en la trama de la vida diaria a base de confianza, acogida y sencillez; detalles infinitos de amor que hacen la vida deliciosa.

"Caminar con Cristo" es la forma espontánea de vivir una vida plena. El ser humano es orante, santo, místico en la medida en que Cristo le es camino, guía y meta a la vez, con el aire de sutileza, ritmo, entonación, intensidad y cadencia que a cada uno le dicta el corazón. Manera de vivir con acierto y gozo la "renovada necesidad de orar".

Vocación universal a la santidad igual a vocación universal a la mística: Dios en el hombre, el hombre en Dios. Dios convierte lo humano en divino según la disposición del orante (bautizado, santo, místico), llamado a llenar de amor, de espiritualidad la vida entera.

La oración, sustantivo abstracto, no es cosa; está sólo en la mente. Existe propiamente el orante, el que ora. La oración es realidad de personas: Dios y el hombre en comunión de amor. El ser humano lleva a plenitud su vocación de amor orando. Más que el aire, el amor cabe en todo. La oración es amor compartido, "trato de amistad". Por amar el orante es feliz; el Ser Divino satisface con creces todo anhelo. Riqueza incomparable "el arte de la oración".

P. Hernando Uribe Carvajal, ocd


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